A mi también

MONDAYS

Lo conocí a los 16. Era un chico callado que se sentaba al fondo del salón. Insegura y carente de todo, no me interesaba ser bonita ni popular o amada. Veía en estudiar una puerta que me llevaría a un camino que sería mil veces mejor. Esa fantasía me hacía levantarme, ir a clase para luego encerrarme en la biblioteca a seguir leyendo.

No tuve novio ni hice amigos, pero no pasé inadvertida para él.

 

El azar nos llevó al mismo salón en la Universidad. Siguió siendo el chico callado del fondo del salón, en cambio yo, con la alegría propia de mi primer triunfo y la ambición de ser abogada me sentaba en primera fila frente al profesor.

 

Comencé a tener amigas y hasta un novio por un par de semanas. Delgada y con bellas piernas me anime a usar vestido y tacones, pero la costumbre de ignorar al mundo continuó mientras me refugie en estudiar. Él se acercó y fingió ser mi “amigo”.

 

Era tan escasas mis habilidades sociales y tan grande mi ingenuidad que sin darme cuenta comencé a ayudarlo, primero me pidió coquetearle a un profesor, luego prestados códigos y de pronto, era mi sombra. Tenía que irme por la misma calle que él, sacar en el mismo lugar las copias, esperarlo a salir de clases y sentarme atrás del salón: Me negué, pero su retórica me hizo sentir culpable pese a no ser nada mío. Me llamaba por las tardes por teléfono y me contaba su vida como si fuera la mía: solo en casa sin el amor de sus padres, parecía mi gemelo sufriendo a distancia. Me miré en él y lo dejé estar presente en mi vida. Resté importancia al lugar donde se sacan las copias, a caminar por la calle casi vacía hacia al metro y pensé no era tan horrible esperarlo a salir de clases.

 

Me hacía escenas en el metro pese a no ser mi novio, sin saber que era exactamente lo que le molestaba. A la distancia creo eras mis decisiones. Tengo la costumbre de ponerme metas y cumplirlas sin esperar ayuda. En calidad de amigo entró a mi casa y yo a la “suya”. Lo volví mi confidente y le conté mis sueños, en ese entonces ser Notaria y escritora.

 

Así, en menos de una semana y como sorpresa, una tarde lo llamé desde mi nuevo empleo en una Notaria. No se puso feliz. Y cual competencia días después me llamó para pedirle lo felicitará, había encontrado un trabajo con una de las más destacadas profesoras de la Universidad. Ambos éramos mensajeros de bonitas oficinas, pese a ello, me pidió festejar. ¿Por qué no vienes?

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Recuerdo que no obscurecía cuando llegue a “festejar”. El lugar era la oficina de su tío, que días anteriores había visitado y estado llena de gente, pero ese día estaban cerrando temprano y la gente salía. Pronto estuvimos solos y se empezaron apagar las luces. No hubo diálogo. La “sorpresa” fue que se me abalanzo encima sobre un escritorio mientras zafaba mi blusa.

 

Me considero inteligente pero no entendí lo que estaba pasando en el momento, primero pensé era una broma, pero quien puede bromear con un abuso sexual. Cuando caí al suelo con él sobre mi sólo comencé a llorar y me sentí ajena. Mi cuerpo había dejado de ser propio. No quiero recordar los detalles sólo diré que desde ese día mi vida cambio.

 

Al terminar, obedecí sus órdenes y mi subí al auto. Antes de llevarme a casa me paseo por los lugares más horribles que encontró. Era de noche, perdí la noción del tiempo. Lloré mientras me insultaba y decía cosas tan absurdas que hasta el día de hoy no alcanzo a entender. Me culpo de haberlo ignorado desde los 16, mientras me gritaba: ¡Te vencí! ¿Te gusto? ¿Ahora vas a decir que te viole? Seguí llorando sin poder responder mientras me recordó los hechos y subrayo sería mi palabra frente a la suya. Yo trabajo con…, nadie te va a creer.

 

Al llegar a la puerta de mi casa tuve la fuerza para mirarlo. Sus ojos eran de odio, golpeaba el volante mientras hablaba de su vida sexual, de los gustos de las mujeres mayores: pendejadas. Le aclaré que no pudo ganarme porque no estaba compitiendo y bajé del auto. Temblorosa llegue a mi casa para no dejar de llorar mientras todos me ignoraron.

 

Decidí no denunciar y no es un tema del que hablé.

 

Los días siguientes en clase fueron como tener un carcelero siguiendo mis pasos. Me miraba y se reía mientras yo intentaba mostrar algo de control, pero el miedo me hacía orinarme en mi cama, pese a ello, nadie se acercó abrazarme ni consolarme.

 

Al terminar el semestre huí al turno de la tarde, deje atrás a las pocas amigas e intente desaparecer. Volví a centrarme en el estudio que de todas formas era una inadaptada social. El tiempo atenúa el dolor y te acostumbras a vivir con él.

 

Pasaron los años. Logré terminar mi carrera, me enamoré y logré tener sexo sin llorar: casarme y luego de mucha terapia, una hija, a la que juré cuidar y proteger para que nada le pasará en la vida. Gracias al sobrepeso soy invisible y nunca voy a ninguna fiesta de reencuentro de la generación, eso y evitar el lugar donde él trabaja me hacía sentir segura.

 

Me gustaría ser menos compleja, tener menos traumas, no llorar de vez en cuando ni sentir miedo cuando oscurece, pese a ello soy funcional, creo me volví empática y sensible, y por eso soy tan buena defendiendo derechos de niños. Creí haberlo dejado atrás.

 

Hace un par de semanas al prender el televisor por la mañana escuche su nombre en el noticiero. Como una imbécil me quede parada y trate de restar importancia; pero la ansiedad se apoderó de mí y a veces no puedo dormir. Su cara siguió apareciendo en televisión, luego en el periódico y finalmente en las redes sociales, siempre a segundo cuadro detrás de la misma profesora cargando un sobre amarillo. Pude verlo a detalle, con su mirada de resentido social y me lo imaginé infeliz siendo el mismo mensajero de la oficina elegante. No sé exactamente por qué, pero lloro. Lloro mucho y a veces no duermo.

 

No es mi tema preferido ni mucho menos lo hablo, pero lo comenté con un amigo y se ofreció a golpearlo; decline la oferta más me gusto saber que alguien quisiera defenderme. Nunca nadie quiso defenderme, de hecho, a menudo me siento sola y hago que no me importa, que puedo sola.

 

Otra amiga dice que el camino es denunciar, que el feminismo no se puede ejercer callada; pero me costó tanto trabajo estar “tranquila y tener paz”, que odio la idea de pensarme una víctima, de darle derecho a saber que modificó mi vida. ¿Qué si mi experiencia sirve de algo? No lo sé… ¿Qué si hablarlo sirve de algo? No lo sé…

Sólo sé que cuando el ruido es fuerte, escribir me hace bien.

 

Angélica Meza

Diciembre 2, 2018

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